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El amor me empujó a emprender

Soy Pablo Domínguez, estratega de negocios digitales.

ESTA ES MI HISTORIA
No soy Superman pero…

Tengo algo interesante que contarte.

Siempre he sido una persona empática que acciona desde el corazón pero la narrativa egoísta y de carencia en la que vivía me indujo a cometer graves errores por enfocarme en lo que yo quería en vez de en lo que puedo dar a los demás.

Caí en la hiperexigencia por nunca sentirme suficiente, en juzgarme a mí y a los demás, en la ley del hielo y en forzar por sistema las cosas. Me quemé yo y quemé a mi entorno porque ni confiaba en mí mismo ni sabía quererme de forma sana.

¿Cómo conseguí cambiar?

Empecemos por el origen de todo.

1990. Nací y me crié en Granada, la ciudad más mágica del mundo.

De pequeño era un niño risueño cuya contagiosa alegría iluminaba toda la casa.

1996. A los seis años comencé primaria y también empecé a sufrir bullying y, por «no querer huir» y quedar como «el cobarde» cambiándome de colegio, se perpetuaría en el tiempo. Ahí se apagó mi sonrisa y mi alegría.

Pedí ayuda pero ni mi familia, a la que quiero con el alma, ni los profesores podían hacer nada.

Tardé 13 años en entender que sólo yo podía cambiar la situación desde mi amor propio.

Entre tanto, fui cosechando un mediocre expediente académico por falta de ilusión y motivación y así hasta…

2009. A los diecinueve años, ya terminando el bachiller, planté cara y puse fin a la situación.

Entonces vino la segunda parte: el problema ya no estaba pero las heridas seguían ahí.

2011. Inseguridades, miedo, culpa, ansiedad, falta de confianza en mí mismo y una galopante necesidad de sentirme parte de algo me hicieron proyectar al exterior una máscara ficticia.

Como era de esperar, no conservaba ni amigos, ni novias, ni trabajos porque no estaba siendo yo mismo.

Me sentía perdido y desconectado del mundo.

2013. A los 23 años concluí mi ciclo superior de desarrollo web, sacándome el título, y empecé a conectar con el marketing digital, aunque aún a niveles muy muy básicos.

Fui encontrando herramientas e información para gestionar mejor procesos vitales y, cuando decidí formarme y modelar a mis referentes, paso a paso empecé a resolver problemas iniciando un proceso que me llevaría años.

2012. Comencé a forjarme como comunicador profesional en un club deportivo y más tarde en medios de comunicación; poco a poco me fui construyendo como quería.

2015. Pasaron los años y decidí estudiar periodismo y hacer dos cursos universitarios de marketing digital y community management.

2018. Mi motivación iba creciendo hasta que, en las prácticas del grado, me di cuenta de que los títulos universitarios no servían para nada. Como periodista mi trabajo no me iba a dar para vivir, ni en el club ni en medios de comunicación.

Lo encajé, seguí adelante y llegó un primer revés emocional contundente.

2019. Ruptura en año nuevo. Una historia platónica de idas y venidas terminó.

Sentía que algo en mí estaba fallando pero no entendía qué.

Y entonces me hice la primera buena pregunta de mi vida.

¿Cómo iba a quererme nadie si ni yo mismo era capaz de ofrecerme una vida plena y estimulante?

Ahí decidí emprender, por amor propio.

Solté el periodismo y decidí apostar por mí.

La primera buena decisión de mi vida llegó los 29 años.

Sentí que deseaba pivotar al marketing y me enfrenté al mayor reto de mi vida: aprender a vender.

Me encerré en casa y me puse a formarme como si no hubiera un mañana con una única idea resonando en mi cabeza.

El marketing vende para después escalar.

Y eso se hace con embudos de venta.

Vi en ellos la solución a todos mis problemas, y era cierto, pero otra vez estaba cayendo en mi propia trampa.

De nuevo, inconscientemente, estaba impostando una máscara y forzando la máquina.

Y la vida me lo iba a recordar porque…

La vida nunca se equivoca.

Estaba haciendo las cosas desde el lugar incorrecto, el ego.

Y ahí me envió dos recordatorios, a cuál más doloroso que el anterior.

2020. Primero puso en mi camino a una chica que me encantaba, en el verano de la pandemia, y con la que las cosas no pudieron continuar. Me dolió muchísimo y me llevó meses aceptarlo.

Pero es que, mientras tanto, casi a la vez, apareció la amiga que acabaría causando un impacto aún mayor en mi vida.

Creamos un vínculo muy fuerte y no parábamos de hablar, de bromear, de reírnos y de disfrutar de contarnos tonterías prácticamente a diario.

2021. Un año después de conocernos vino a trabajar a Granada.

El roce hizo el cariño y ahí nos convertimos en pareja.

Pero lo estropeé; yo seguía accionando desde el ego, sin ser consciente, y la quemé. Proyecté sobre ella expectativas en vez de construir realidades, la juzgué en vez de cuidarla, caí una vez en la ley del hielo tras discutir y forcé sistemáticamente las cosas.

Yo no me permitía ser, ni me dejaba fluir con la vida y… ¿Sabes qué es lo paradójico?

Que lo único que yo quería era amor; ella me lo estaba dando pero yo no lo estaba sabiendo recibir.

Cuando todo empezaba a ir bien, yo seguía en guerra conmigo mismo y bloqueaba todo lo bueno que llegaba a mi vida porque, muy en el fondo de mi corazón, sentía que yo no valía y que, por tanto, no lo merecía.

Bloqueaba el amor y bloqueaba las ventas.

La perdí, con toda justicia, cuando sentía que era el amor de mi vida.

Más tarde entendí que ese «amor de mi vida» era yo mismo y que ella sólo era un espejo, reflejándome esa carencia a nivel interno.

Justo ahí empecé a soltarla y, aunque llevó tiempo, poco a poco, fue volviendo a ser neutra para mí; entonces, gracias a todo este problema, aprendí a escucharme, a respetarme y a quererme de verdad.

Siento una inmensa gratitud hacia ella porque nuestra historia me condujo a la sanación.

Por eso, dondequiera que esté, le deseo amor, libertad, paz y prosperidad.

Éramos mucho más que una pareja. Éramos un equipo. Éramos cómplices. Éramos los mejores amigos y nos hacíamos mejores el uno al otro… Y, hasta la fecha, a ese nivel sólo llegué con ella.

Por eso su adiós me enfrentó a mis demonios, me obligó a sanar para cambiar el patrón.

Tomé la decisión de solucionar lo que fuera que estuviera impidiéndome conseguir la paz y la felicidad interior que quería.

2022. Busqué a la vez la ayuda de un mentor, la de una psicóloga y la de un coach.

Y entonces me hice la pregunta correcta.

¿Dónde está y cuál es la raíz que me está impidiendo ser feliz?

Entonces apareció la piedra angular que ensambló todas las piezas del puzle, asentando y potenciando todo lo que trabajé con ellos. La solución definitiva a ese sentir de carencia: una intervención estratégica.

En una sola sesión terminó de resolverse todo. Cambió mi sentir.

Dejé de necesitar y empecé a servir, poniéndole corazón a todo.

Y, justo en ese momento, tras tres años de esfuerzo, constancia, tesón y fe, comencé a generar mis primeras ventas high ticket y pude empezar a ayudar, de verdad, con el marketing. Mi pasión.

Causalidad.

Me perdoné a mí mismo y solté la culpa por todo lo que había pasado al significarlo como aprendizaje. Logré conectar con mi verdadera esencia y valía. Empecé a confiar en mí mismo y a sentirme suficiente.

Por primera vez sentí que, pasara lo que pasara, por muy difíciles que se pusieran las cosas, yo me iba a tener siempre a mí mismo ahí para poder sacar cualquier situación adelante.

Al sentirme realizado, me liberé y conecté con la paz.

Empecé a vivir.

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