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Pablo Domínguez
Granada – 5 DIC – 2017 12:52 CET

Huida hacia adelante

Puigdemont, el prófugo en Bélgica que desestabiliza Cataluña

Carles Puigdemont se ha erigido como la molestia incómoda del Estado. En un desafío soberanista frontal al Gobierno de la nación y utilizando un discurso sesgado, aderezado con irreal convicción y ‘esperanza’, si es que en algún momento pudo ser tal, fue contra todos y contra todo y, todo, sumergido en un consomé de mentiras y argucias para imponer su voluntad sobre la ley vigente. Paradójicamente, llegado el momento de la verdad, tras la Declaración Unilateral de Independencia, el ya ex ‘Presindent’, huye a Bruselas. Él mismo se retrata y refleja que este teatro, su teatro para ganar tiempo, no ha sido más que una burda huida hacia adelante con destino en prisión.

El secesionismo ha sido uno de los temas centrales de la política en España en las últimas décadas. Tanto que, el Gobierno, dejó de tomarlo en serio. Tantas veces se amenazó con la DUI que acabó perdiendo fuerza y credibilidad. Cuando la Generalitat, finalmente, la ejecutó, se hizo con prisas y mal. Al punto que el ‘Referéndum’ arrojó un imposible: los porcentajes de los votos, en suma, excedían el máximo total del 100%. Ridículo. Por si fuera poco, en la carrera hacia lo absurdo, los secesionistas, que tanto hablaban de pacifismo, provocan una situación en la que ha de intervenir la Policía Nacional y la Guardia Civil, a fin de que, su población, los comprometiera violentamente.

“España es un país con una diversidad mágica que le convierte en único”.

Sin embargo, en la lógica independentista, el estado autoritario, tal como afirma Guardiola, sería el español. El mismo que se ve obligado a enviar las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para garantizar el cumplimiento de la Ley vigente conforme a lo que dicta la Constitución aprobada por unanimidad en 1978. Unanimidad, sí: acuerdo por el cual todas las partes implicadas coinciden sin absoluta discrepancia. Con todo, hay quien osa, con inusitada arrogancia, enfrentarse y saltarse a la torera lo que dicta el texto supremo en España bajo el único pretexto del sentir diferente e, incluso, superior al resto de los más de 40 millones de españoles que han vivido durante más de 40 años en armonía.

Y no es que sea ilícito sentirse diferente y reivindicar la tierra de uno. No. Ilícito es querer imponer eso a los demás… que también cuentan con sus propias particularidades a ensalzar. Por suerte, España es un país con una diversidad mágica que le convierte en único. Cada comunidad autónoma tiene señas de identidad muy definidas y maravillosas, gastronomía propia y una lengua o dialecto del que sentirse orgulloso. Nadie lo discutirá jamás. Por eso, España en su conjunto es única y, nadie, por ende, ha de negarle a otro su condición aunque, en el fondo, cada uno orgulloso de su tierra, entienda que lo suyo es lo mejor. En ese sentido de pertenencia existen varias escalas: la de ciudad, provincia, comunidad autónoma, país y, tal vez, comunidad Europea. Como país nadie nos puede privar de contar con ninguna de sus comunidades ni territorios.

“La fuga de más de 2500 empresas de Cataluña hacia territorio español es la punta del iceberg de algo tan simple como la cobardía del dinero”

Es como si, de pronto, una extremidad de nuestro cuerpo cobrara voz y voto y decidiera ‘independizarse’ del mismo. ¿Podría hacerlo? Sí. ¿Tendría duras consecuencias? También. Acabaría muriendo porque necesita del resto para salir adelante y, sin este, no lo lograría. El cuerpo también lo sufriría pero subsistiría. Sea justa la metáfora para reflejar que Cataluña sin España no es Cataluña, y viceversa. Es una simbiosis necesaria, le pese a quien le pese, para mantener la grandeza y la bonanza tanto del país como de la propia comunidad autónoma. Los daños  de la una sin la otra serían absolutamente irreparables dentro del marco político-legal vigente.

Seamos sinceros: en esta huida hacia adelante, nadie dijo que la consumación de la República de Cataluña tenía un elevadísimo coste, ya palpable. La fuga de más de 2500 empresas de Cataluña hacia territorio español es la punta del iceberg de algo tan simple como la cobardía del dinero. Cualquier empresario, al sentir amenazado su modo de vida, siempre lo protegerá al margen de cualquier escenario socio-político. El dinero, en los conflictos, siempre correrá al lugar más seguro.

“Es imposible cambiar la Ley ni la Constitución sin salirte de ella. Siempre pasó y siempre pasará”.

No existe mayor secreto en los negocios. Cualquier cambio será siempre a mejor. De lo contrario, dicho cambio no se producirá. Las personas necesitan comer. Justo en este punto todo cobra sentido. La independencia no es un cuento, es un problema. Es la pseudo-realidad que han querido vender, más que polarizada, para influenciar al sector más radical del catalanismo. Eso sí, sin contarles la verdad. A la vista, el éxodo empresarial. Además, la realidad les incumbe también en lo personal. No hay que ser un premio Nobel para darse cuenta de que huían hacia adelante para tratar de eludir la transparencia europea que entra en vigor en enero de 2018. Al dejar de existir los paraísos fiscales el dinero oculto quedará expuesto a la luz y, entonces, tendrían que rendir cuentas a la justicia pertinente. Más, si cabe, de lo que ya lo están haciendo.

“Aprendemos de los errores”.

En cualquier caso, estos dirigentes, contra viento y marea, han seguido su hoja de ruta porque, en este punto, no les quedaba otra que llegar hasta el final. Y es, justo, en este final, donde las cartas comienzan a quedar realmente sobre la mesa. Todo era un teatro simbólico, como declaró Forcadell, para ‘obligar a actuar al Estado’. Pues lo han conseguido, vía judicial. Aunque, tal vez, también en lo político. Legitimaron la concesión del Gobierno del PP al PSOE para revisar y reformar la Constitución. La pregunta del millón llega ahora: ¿era necesario semejante este despropósito político-social para arrancarle al Congreso una revisión, entendida como actualización, de la carta magna? Seguramente no pero, como alguien querido una vez me dijo: “Es imposible cambiar la Ley ni la Constitución sin salirte de ella. Siempre pasó y siempre pasará”.

No es que esté del todo de acuerdo con esa afirmación pero, guarda un trasfondo evolutivo incuestionable: el ser humano necesita que ocurran tragedias, porque el esperpento de los últimos meses lo es, para reaccionar y acometer cambios a fin de evitar que vuelva a ocurrir. Somos así. Aprendemos de los errores. A veces a tiempo; otras, tarde. Pero siempre, para evitar que el pasado nos pise los talones, emprendemos una huida hacia adelante.

 

Raúl Ariño
Santander – 5 DIC – 2017 08:34 CET

Humildad, humildad y humildad

Los españoles, de corazón y sangre caliente, nunca hemos administrado bien la presión

Ya es oficial. Se ha declarado el estado de euforia. La Selección Española llega a las puertas del mundial instalada en un bucólico ambiente de positivismo. El futuro es nuestro gracias a Isco y Asensio que dominarán la galaxia futbolística durante los próximos quince años. Nuestros veteranos, los Ramos, Silva, Iniesta y compañía, se convertirán en leyendas imperecederas para el resto de la eternidad. Por si esto fuera poco, Lopetegui es la reencarnación de Rinnus Michel. Somos favoritos. Qué digo favoritos… Ganaremos la copa del mundo en Rusia. Somos la pera limonera.

Los que ya estamos algo familiarizados con el balompié nacional, pasamos de puntillas por estos debates sobre si venceremos a todos nuestros rivales con alguna dificultad o con aplastante superioridad. No queremos estallar la burbuja de la ilusión. No nos gusta ser el pepito grillo del aficionado español. Sin embargo, conviene recordar que desde el mundial de Argentina 78, España iba a ganar la copa del mundo cada cuatro años. Y cada cuatro años el batacazo era sonado. La etiqueta de favoritos nunca les sentó bien a los nuestros. Los españoles, de corazón y sangre caliente, nunca hemos administrado bien la presión. Bajo un estado de ansiedad, tendemos a precipitarnos, a dejarnos llevar por los sentimientos y, por ende, a equivocarnos en exceso. Suena bonito y cruel. Justo así podemos describir la historia de nuestra selección.

“La Copa del Mundo siempre la ganan los mismos”

Desde hace años, el fracaso mundial de España comienza a cocerse en esas fases europeas de clasificación en las que la mal llamada Roja arrasa a todos sus contrincantes. Los diarios echan humo mostrando al españolito de a pie como su selección es la máxima goleadora de todos los grupos de clasificación y la que mejor juego practica. Se suele obviar que entre los durísimos rivales que se encuentra España, están, por poner algunos ejemplos, la siempre temible San Marino y la potente Albania. Da igual. Euforia desbordada y despeño inmediato por el precipicio a las primeras de cambio. Fracaso mundial, pena máxima y demás titulares catastróficos. ¿Saben ustedes cual fue una de las peores fases de clasificación que ha realizado España en los últimos años? 2008, camino de la Eurocopa de Austria y Suiza. En mitad de una agria polémica entre la prensa y Luis Aragonés, el equipo viajó a Dinamarca con la obligación de ganar si no quería quedarse fuera. Venció 1-3 con aquel gol de Ramos tras una jugada colectiva de ensueño. Se sufrió, se clasificó y se ganó la Eurocopa.

“Desde 2010 es de justicia esperar cosas grandes de esta selección”

Otra tendencia de los medios es endiosar a jugadores que, sin ser malos, nunca estuvieron entre los mejores del planeta. Y para ganar un mundial tienes que tener a los top. No en vano, la copa del mundo siempre la ganan los mismos. Las élites. Los gallos del corral. Viajemos en el tiempo a 1994. Estados Unidos. Camisetas horteras y perillas en los rostros. En España, una vez más, creemos que vamos a ganar el mundial. Jugamos con un portero, nueve defensas y un delantero que se llama Julio Salinas. En la fase de grupos, empatamos a dos con Corea del Sur, a uno con Alemania gracias a un churro de Goiko y ganamos a una potencia futbolística como Bolivia. Ilusión contenida. Despachamos a Suiza sin contemplaciones. Euforia desatada. Pero llega Italia y muchos resolvemos el enigma. Salinas no es Roberto Baggio. Uno es top mundial y el otro no. Nos vamos a casa gritando ¡qué injusticia!. De eso nada. Nuestro mejor jugador era Caminero. Un buen futbolista que no estaba ni entre los veinte mejores del mundo.

Con todo esto es importante destacar que un mundial se gana compitiendo en el propio torneo ante los mejores y no en la previa. Desde la victoria en 2010 es de justicia esperar cosas grandes de la selección. Pero no hay que olvidar que hay rivales mejores que nosotros, con más historia y más empaque. Tenemos una buena base, que incluye a esos futbolistas que ya son campeones mundiales. Sin embargo, los que entran aún deben demostrar que son jugadores de primerísimo nivel. Un apunte positivo es que la selección actual nada tiene que ver con la de Caminero, Juanito, Míchel o Joaquín. Buenos futbolistas que nunca estuvieron entre los mejores del mundo. Hoy, España tiene a muchos de los mejores en su puesto. Ahora, como decía el sabio de Hortaleza, toca ganar, ganar y ganar. Pero antes, humildad, humildad y humildad.

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